Donald Trump estaba mal informado cuando creyó que con aranceles, chantajes y una caja con buenos fondos resolvería la crisis provocada por el desabastecimiento de huevos y sus derivaciones inmediatas: especulación, inflación, contrabando, explotación de la estupidez humana, piratería en el asfalto, todas las miserias reunidas en un solo paquete. Quizás esto se habría evitado si Estados Unidos hubiera escuchado a las agencias especializadas de la ONU –OMS, FAO, programas de apoyo a iniciativas comunitarias–, que desde hace dos años vienen advirtiendo sobre la expansión de un brote de gripe aviar, imparable si no era con una acción global acordada. Pero, se sabe, la gran potencia no creyó ni en la pandemia y ahora se dio además a la tarea de demolición de esos organismos que ayudaba a financiar.
La escasez de huevos, un producto básico en toda alimentación y más en la norteamericana –ténganse presentes el clásico ham and eggs de los desayunos y la cena tempranera con tiramisú–, derivó de problema económico y sanitario a ambientar una crisis social de primer nivel. De ahí que Trump haya activado el aparato diplomático para tapar el agujero propio de la improvisación, no sólo de su gobierno. Presa de su soberbia no contempló, primero, que la infección avícola afecta a todos los países que no fueron previsores y, luego, que los mercados que puedan tener algún excedente tras cubrir las necesidades propias ya lo tienen comprometido. Tal es el caso de México y Canadá, sus mayores proveedores en situaciones normales, y todos los europeos, sistemáticamente “ninguneados” por su administración.
La epidemia, a la que EE UU no enfrentó, obligó a sacrificar hasta ahora a 170 millones de gallinas y al cierre de decenas de pequeñas granjas del sur y el oeste. El precio medio de la docena se situó en febrero en casi 6 dólares –el mayor registrado en los últimos diez años–, que supone una diferencia del 96% respecto del mismo mes del año pasado. El martes, el Departamento de Agricultura dio a conocer un reporte que cuestiona la esencia del pensamiento libertario, al señalar que se observa una ligera baja de estos precios, pero “provocada por el debilitamiento de la demanda”. Es decir que si en algo cae la inflación no es como resultado de una mejora de la economía, sino porque la población consume menos y los aranceles que Trump aplica a mansalva provocan aumentos que frenarán el consumo.
Algunos datos alcanzan para modelar el contaminado cuadro social que se fue conformando a la sombra de las políticas libertarias. La escasez de huevos ambientó un contrabando no registrado hasta ahora. En los últimos cuatro meses las patrullas aduaneras incautaron 3678 contenedores con productos aviares contra sólo 352 cargas de fentanilo, la droga que activó las represalias de Trump contra México y Canadá. La obtención de cargamentos de huevos pasó a ser prioritaria. La piratería del asfalto es más redituable que otros negocios turbios. El alto número de robos en las rutas queda graficado con un episodio vivido en Pensilvania con una carga de 100 mil docenas de huevos. En medio de esta situación surgieron quienes se aprovechan de la estulticia humana y lucran alquilando gallinas para criar en el patio, con el argumento, además, de educar a los niños en el marco de una economía sustentable.
Trump no tuvo ni suerte ni olfato. Todos los potenciales proveedores dijeron que tienen huevos pero son para su propio consumo, y le dan a su negativa una forma de represalia. Es que los emisarios norteamericanas llegaron tarde a Dinamarca e Italia, justo cuando el presidente anunciaba unos aranceles de hasta el 200% a los whiskies y los vinos europeos. Casi en los mismos términos, la Asociación Danesa del Huevo y la Sociedad de Criadores de Italia dijeron que no hay márgenes para la ayuda. Federico Caner, asesor en agricultura del Veneto, una de las tres regiones que, sumadas, garantizan el 80% de la producción italiana de huevos, fue más allá: “La carencia del producto debe recordarle a Trump que el mercado es global y sin fronteras, esta es otra prueba de ello. Se lo recordamos, ya que vuelve a hablar de la imperial política de los aranceles”.
Mientras EE UU observa cómo se le alejan las posibilidades de resolver su crisis en el breve lapso, hay quienes encuentran nuevas formas de sacarle provecho a la situación, generando acciones de marketing con la esperanza de escalar en el ranking de preferencias a futuro. Así, Pensilvania Farmer Jawn ofreció el regalo de 100 docenas de huevos (1200 unidades) a los habitantes del Bronx neoyorquino, un millón y medio de personas, en su mayoría negros sumidos en la pobreza. Los que llegaron a obtener una caja de media docena debieron hacer previamente una cola de dos horas. La misma situación vivieron los habitantes de los barrios marginales de Queens y Brooklyn alcanzados por la “generosidad” de granjas avícolas de sus respectivas áreas de influencia.
En un exceso de humor negro, o pensada como otra criptoestafa para estúpidos propia del ingenio libertario, Cal Maine Foods, el mayor productor de huevos de EE UU, trató de detener la ansiedad colectiva con una declaración de su director. Sherman Miller aseguró que la empresa de Misisipi, la cuna del blues identitario del mundo afro, seguirá vendiendo “deliciosos huevos frescos de granja por docena, que es una forma coloquial de referirse al número 9”. Cal Maine asegura que sus huevos siguen en oferta en los envases tradicionales de una docena, con nueve huevos y “tres compartimentos vacíos extra”, y exhortó a ir ya al supermercado y elegir el tamaño que mejor le venga: desde nuestra media docena más pequeña, es decir de cuatro huevos, hasta nuestro paquete de 18, que puede contener entre 12 y 15″. Trump había cerrado la oficina de defensa del consumidor.
Ni Dinamarca, ni Italia, ni Brasil
Es probable que si no hubiera salido a las desesperadas a vociferar que le faltan huevos (hablaba del mercado norteamericano), Donald Trump hubiese evitado ser el blanco de los más vulgares, pero ingeniosos, cantitos acuñados por las hinchadas futboleras del mundo y sus alrededores. Aunque quienes agotaron el repertorio fueron los humoristas de los medios italianos, lo cierto es que la ironía también tuvo aires turcos y daneses. Llegó acompañada de la bronca de sociedades que han sido permeadas por el fascismo pero que conservan una cierta dosis del buen nacionalismo. No es casual que quienes reaccionen con todo sean los europeos que fueron convocados a poner un poco más de huevo en los contenedores de exportación mientras el káiser seguía sometiéndolos a su batería de odio y desprecio.
En las últimas semanas Trump reitera, cada vez más agresivamente, la idea de poner bajo bandera a la isla danesa de Groenlandia. Todo, dice, por una mero razón de seguridad. A la vez, ante la crisis aviar, acudió justamente a Dinamarca para que le resuelva el problema de los huevos. Talla XL o S, muy grandes o grandes, campesinos o de criadero, todo viene bien. Reiteró el pedido a Turquía y Brasil, que no pueden satisfacerlo porque, por lo visto, andan con la misma carencia. Siempre como si el que estuviese del otro lado del mostrador fuese un enemigo, y además tonto, desde que asumió Trump proclama, como en su momento lo decía –dicen– el francés Luis XIV, que “L’État c’est moi” y que, con huevos o sin ellos, “Groenlandia será mía de uno u otro modo”.
El discurso varía. Primero, la toma de la isla era una cosa de seguridad nacional. Ahora es de seguridad internacional (y hedonismo: “la queremos, tenemos que tenerla”). Primero era por las buenas. Ahora es a como sea. Al principio, cuan predicador evangélico, hablaba a los inuit avisándoles que “soy portador de un mensaje de paz y amor, increíble gente de Groenlandia. Dinamarca –les decía– no puede protegerlos, los mantendré seguros y los haré ricos. Dinamarca está muy lejos, un barco llegó allí hace 200 años o algo así y por eso dice que tiene derechos sobre ella. No sé ni si eso es cierto. De hecho, no creo que lo sea”. Cerró el mensaje sin sutilezas: “No sé cómo será la toma, pero seguro veáis que cada vez tenemos más soldados en nuestra base de Pittufik”.
Fuente: tiempoar.com.ar

